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Historia

Históricamente podemos decir que las humanidades tienen su origen en el marco de la Grecia antigua y su concepción de transmisión de cultura (Paideia). En principio el asombro que propicia el deseo de saber estaba referido únicamente a la naturaleza (Physis). El hombre se concebía a si mismo como inmerso en la naturaleza misma y parte integrante de ella. La transformación radical que saca al hombre de la inmediatez de la naturaleza y lo coloca en el lugar de la pregunta ¿qué es el hombre?, constituye el origen de las humanidades como tarea y campo de saber. El hombre descubrió el carácter problemático de la naturaleza humana, y desde entonces su praxis y los productos de su actuar se convirtieron en objeto de su reflexión permanente.

Mientras para los griegos la “Paideia” tenía más el sentido de formación del ciudadano, en Roma, con Cicerón, es cuando aparece por primera vez el término “humanitas” para hacer referencia a un ideal humano, es decir, a una idea de hombre y mujer. Para Cicerón, la educación debía basarse en las artes que nos hacen hombres. Una muestra de estas artes o disciplinas clásicas quedaría así: la gramática, la retórica, el derecho, la legislación, la historia romana, la naturaleza de los dioses y la astronomía.

Posteriormente, las sociedades medievales desarrollaron un proyecto humanístico estudiando la dimensión sagrada del hombre a partir del cristianismo, cuyas doctrinas lograron desarrollar como modelo “único” de cultivo de las virtudes morales e intelectuales de la época. Las universidades de la edad media no se plantean el lugar de las humanidades en su actividad académica puesto que la enseñanza toda la constituyen lo que hoy denominamos “carreras humanísticas”; el mundo universitario medieval definió dos horizontes epistémicos: el teológico y el jurídico.

Los humanistas del renacimiento retomaron la tradición grecorromana clásica y a partir de ella diseñaron los ideales del mundo moderno. La “humanitas” era un modo de ser, una forma de comportarse y una concepción de la naturaleza humana. La humanitas fue, desde entonces, el desarrollo de las virtudes humanas, en todas sus diferentes formas, hasta su máxima expresión. Los “studia humanitates” del renacimiento, a saber, la historia, la gramática, la poesía y la filosofía moral, constituían el proyecto de una educación liberal y literaria que va a dar origen a la figura del humanista.

La modernidad convierte a las ciencias exactas y a las empíricas en el ideal epistémico; este acontecimiento irradiará en la historia de las humanidades una forma peculiar de adaptación de las disciplinas clásicas, a las exigencias estructurales de las nuevas maneras de conocer. Sobre el modelo científico-cultural de las llamadas ciencias empíricas (biología, economía y filología) nacen, según M. Foucault, en el siglo XIX, las ciencias humanas. Las consecuencias de esta reorganización, de las humanidades bajo el modelo de una racionalidad científica, se hacen sentir con enorme fuerza aún en nuestros días. Las ciencias humanas aparecen como consecuencia de la relimitación positiva que del hombre hacen las ciencias empíricas como alguien que vive, trabaja y habla. Con base en lo anterior, las ciencias humanas quedan definidas así: la psicología, la sociología y el análisis de la literatura y los mitos, en el nivel de las representaciones conscientes; y el psicoanálisis, la etnología y la lingüística en el nivel de los sistemas inconscientes. Lo que tienen en común unas y otras es el proyecto de una racionalización de las humanidades en términos de ciencia.

A lo largo del siglo XX, las humanidades se han mimetizado bajo la forma de ciencias humanas y ciencias sociales. Entre ellas más que cercanía epistemológica, hay profundas diferencias; podría decirse que forman un engranaje de universos distantes entre ellos y similares tan solo en sus devenires culturales, particularmente en sus usos académicos y no pocas veces de regulación social. Historia, filosofía, arte, psicología, sociología, lingüística, antropología, ciencias de la educación y ciencias religiosas, son algunas de las ciencias humanas y sociales reconocidas como humanidades en el Siglo XXI.                   

De este recorrido histórico de las humanidades[1] se deriva que la tarea ineludible de las humanidades es proporcionar los escenarios y contextos que requiere la realización del hombre y de la mujer. El desafío de las humanidades consiste en proponer un programa o un conjunto de estrategias que garanticen la propagación e incorporación de un sistema  autorreflexivo de construcción y orientación de si mismo hacia determinados valores que  se suponen dignos de alcanzar por todo ser humano. El padre Peter- Hans Kolvenbach S.J. nos dice:”De la misma manera que los primeros jesuitas supieron encontrar respuestas creativas e innovadoras a los retos del humanismo renacentista, hoy también quienes reconocen en la Compañía una fuente de inspiración fecunda, están llamados a una tarea semejante”[2].

Al lado de la comprensión, la sensibilidad y la acción prudente, los humanistas han tomado históricamente en sus manos la tarea de conducir el hombre hacia ideales como la compasión, la benevolencia, la fortaleza, la elocuencia, el honor, la civilidad, el amor por la sabiduría, el respeto y la cooperación. El poseedor de la humanitas era un hombre íntegro y completo, que lograba un balance entre la acción y la contemplación. La acción sin propósito era considerada inhumana, la contemplación teórica sin la acción se rechazaba como estéril e imperfecta. El hombre y la mujer  se realizan completamente en el seno de la vida activa, socialmente organizada; sólo se logra un desarrollo pleno de la humanidad en el encuentro con los otros seres humanos en el marco de una comunidad. De aquí que la finalidad de la formación del hombre culto fuera, para los humanistas, eminentemente política. Se guía al adulto y se educa a los jóvenes para el dominio y cuidado de sí, la autonomía y la autarquía del individuo, pero también para la convivencia y la organización social. El hombre es un proyecto de humanidad que se realiza en el seno de la comunidad y de cara a los valores que la posibilitan.

Las humanidades comprenden por ello una serie de conocimientos y enseñanzas sacadas de las obras poéticas, retóricas, históricas, psicológicas, filosóficas, jurídicas, pedagógicas y artísticas que se consideraban necesarias para lograr el alcance de los ideales y virtudes que nos hacen propiamente humanos. 

Desde entonces, cuando hablamos de humanidades, nos referimos a las disciplinas que estudian cualquier actividad o producto humano desde la perspectiva del arte, la filosofía, el lenguaje, la psicología y la historia. Literatura, teología, filosofía, retórica, historia del arte, ética, política, pedagogía, filología, poética, historia universal, gramática, son algunas de las disciplinas que han sido consideradas, tradicionalmente, como partes de la filosofía. Algunas de ellas inician su emancipación o se consolidan como disciplinas científicas al instaurase como ciencias humanas con métodos y objetos de estudio específicos.

No hay humanidades sin una concepción clara de lo humano, la sociedad y la cultura en la que la existencia del hombre y de la mujer  se sitúa y cobra sentido. En este orden de ideas, cuando se habla de humanismo nos inclinamos a considerar diversas dimensiones de reflexión indisolublemente ligadas: el concepto de hombre y mujer, sus valores y su comportamiento individual y colectivo; las relaciones históricas y socio culturales que determinan su existencia; la relación lenguaje-pensamiento-realidad; la interacción entre ciencia-tecnología–sociedad, la responsabilidad y el compromiso ético–político; todo ello en el marco de una permanente interpretación crítica de las ciencias,  las artes y las tecnologías, como  cuatro dimensiones culturales y humanas.

Michel Foucault definió las prácticas intelectuales, científicas y políticas como "discursos" a fin de negar su estatus meramente empírico, inductivo. De esta manera propone que las actividades prácticas son producto de procesos históricos y están configuradas por ideas metafísicas que definen una época entera[3] . Sin embargo, para Foucault, la pregunta por el lugar de estas disciplinas en el contexto del conocimiento en general y las bases epistemológicas de las llamadas ciencias humanas, configuran una problemática aún no resuelta. El dominio de las ciencias empíricas y el imperio de los modelos extrapolados desde la física, la biología, la economía y las ciencias del lenguaje, las humanidades se desdibujan y experimentan una suerte de enajenación, pérdida de valor y falta de identidad. Las humanidades aparecen “a la vez como peligrosas y en peligro”[4]. Peligrosas puesto que recuerdan a todos los demás saberes que, en últimas, son productos y actividades humanas y, por tanto, falibles, contingentes y sujetas a cambio y reorientación; en peligro, porque todos los demás campos del saber intentan, por todos los medios, aniquilar sus alcances o desvirtuar su importancia. La deshumanización de las ciencias y los comportamientos en nuestras sociedades contemporáneas hace cada vez más necesario y urgente encontrar los ideales y valores, nuevos o heredados de la tradición clásica o moderna, que permitan la realización plena de lo humano en la vida individual y colectiva.

No es posible, quizá, alcanzar una definición generalmente aceptada de las humanidades, pero si es posible señalar algunos rasgos que las humanidades parece presentar a través de la historia en occidente y que bien pueden permitirnos redefinir el horizonte de posibilidades para las humanidades en el nuevo siglo:

  • Respeto a la tradición: No somos los primeros ni seremos los últimos en formularnos lo humano como problema. Griegos, romanos, medievales, renacentistas y modernos tienen mucho que decirnos sobre el hombre y la mujer  y su realización plena.
  • Actitud crítica: Nadie puede definir y establecer concluyentemente nada en el terreno de lo humano, el hombre y la mujer son  proyectos inacabados y sujetos a transformaciones, sometidos al azar y la contingencia de su propia voluntad.
  • Dignidad y responsabilidad del hombre y la mujer: Aunque hoy resulta insostenible la idea del hombre o mujer como un ser superior, sigue siendo clave reconocer el lugar del hombre y la mujer en el contexto de la naturaleza y su gran responsabilidad en los cambios y desarrollos del mundo.
  • Actitud práctica: Las grandes cuestiones no esperan a ser resueltas completamente, es necesario trabajar desde el presente con soluciones tentativas frente a las necesidades y tareas más urgentes de la vida humana.
  • Sensibilidad e imaginación: las artes y la creatividad requieren de la imaginación, la anticipación y la recursividad humana que nos se restringe al terreno de la racionalidad instrumental.
  • Actitud espiritual: Más allá de la materialidad y facticidad de nuestra condición  humana se encuentra el sentido de trascendencia, el valor de la utopía y el papel fundamental de los grandes conceptos  e ilusiones que impulsan a ir más allá de lo que nos ofrece la realidad inmediata.
  • Formación integral: La complementariedad y la integralidad de los saberes en un proyecto de ser humano que posibilite su realización y trascendencia histórica, obliga a una multidisciplinariedad e interdisciplinariedad activa con propósitos y valores claros.

Si asumimos estos rasgos y, a partir de ellos, enfrentamos la razón de ser de las humanidades en la formación universitaria, es posible reconocer como líneas fundamentales para la reflexión humanística: vida,  lenguaje y actividad. La reflexión filosófica, teológica y estética sobre la vida humana obliga a contextualizar histórica  y culturalmente la racionalidad y la sensibilidad expresiva y simbólica del ser humano en los albores del siglo XXI. Esto constituye la razón de ser de las humanidades contemporáneas. 



[1]Cfr. Villa Uribe, Claudia. “Las humanidades en la formación universitaria”. UAO, 2001

[2] Peter- Hans Kolvenbach S.J.

[3] Focault, Michel. Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Ed. Siglo XXI.1999

[4] Ibid, pág. 337

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