Enseñar e investigar: el doble oficio de quienes no dejan de hacerse preguntas

Enseñar e investigar: el doble oficio de quienes no dejan de hacerse preguntas
Catalina_Martinez_Gomez

Creado por: Catalina Martinez Gomez

Hay una escena que se repite a diario en la universidad. Un profesor termina de calificar el último trabajo, cierra los exámenes y, en lugar de apagar el computador, abre un documento distinto. Ahí está su investigación, esperando. Nadie le pidió que lo hiciera esa noche. Pero lo hace.

¿Qué mueve a un profesor a asumir el esfuerzo adicional de investigar? La respuesta, curiosamente, tiene más de doscientos años.

Una idea que cambió la universidad para siempre

A comienzos del siglo XIX, el pensador alemán Wilhelm von Humboldt propuso una idea que en su época sonó revolucionaria: la investigación y la enseñanza no debían ser actividades separadas, sino dimensiones inseparables de la vida universitaria. Según esta visión, la unidad entre investigación y enseñanza debía traducirse en aprendizaje tanto para el profesor como para el estudiante.

En otras palabras, quien enseña también aprende, y quien aprende también puede investigar. Esa idea sigue viva hoy en los profesores que asumen, simultáneamente, el compromiso de enseñar y producir conocimiento.

Lo que el estudiante percibe, aunque no siempre pueda explicarlo

Los estudiantes lo notan. No siempre saben ponerle nombre, pero lo sienten. Perciben cuando sus profesores hablan de los temas como alguien que los vive desde adentro, no como alguien que simplemente los resume desde afuera.

Investigaciones recientes muestran que los estudiantes se motivan más cuando perciben que sus profesores investigan y conectan esa investigación con los contenidos del curso. También valoran que los docentes compartan su propia producción académica como una fuente auténtica de inspiración.

No es un detalle menor. La diferencia entre un estudiante que memoriza y uno que se atreve a formular una nueva pregunta puede estar justamente ahí.

Y no se trata solo de motivación. Cuando un profesor con vida activa en investigación lleva esa experiencia al aula, ayuda a sus estudiantes a convertirse en lectores críticos del conocimiento y en productores de ideas propias. Les enseña, sin convertirlo en sermón, que el conocimiento no llega terminado: se construye, se discute, a veces se cae y hay que volver a levantarlo.

Sobre todo, les muestra que el conocimiento no existe para quedarse guardado. Existe para transformar algo en la vida de alguien.

Un esfuerzo que va más allá del deber

Hacer las dos cosas —enseñar e investigar— y hacerlas con sentido de servicio requiere algo que no siempre aparece en los horarios formales. Investigar demanda tiempo que se toma de otros espacios, energía que debe redistribuirse y una capacidad particular para sostener preguntas abiertas incluso cuando el día ya estaba lleno de otras responsabilidades.

Quienes asumen simultáneamente la docencia y la investigación conocen bien las tensiones que implica equilibrar ambas tareas. Saben que ese equilibrio no siempre recibe la visibilidad ni el reconocimiento que merece.

Aun así, lo hacen. Lo hacen porque encuentran en la autonomía, en la curiosidad y en la posibilidad de inspirar a otros un sentido profundo. Lo hacen porque valoran la docencia y la investigación no como obligaciones separadas, sino como partes de una misma vocación universitaria.

Lo hacen, en últimas, porque les importa.

La investigación también muestra que los profesores-investigadores necesitan sentirse parte de una comunidad académica para desarrollar plenamente sus capacidades. Cuando esas condiciones existen, investigar deja de ser solamente una tarea asignada y se convierte en una manera de habitar la universidad y de participar en el mundo.

Una identidad que se construye con el tiempo

Llegar a ser profesor e investigador al mismo tiempo no ocurre de la noche a la mañana. Esa identidad se va formando con cada pregunta, cada texto, cada clase, cada estudiante al que se le contagia la curiosidad, cada título obtenido y cada par académico que enriquece el camino.

Es una trayectoria exigente, pero también profundamente significativa. Su sentido más pleno aparece cuando los resultados de ese trabajo trascienden el campus; cuando una comunidad reconoce en ellos algo útil, algo que dialoga con sus necesidades, con sus preguntas y con su propia identidad.

Por eso hoy queremos celebrarlo.

Queremos reconocer a quienes eligieron este camino largo y exigente; a quienes decidieron, por convicción, que enseñar mejor implica seguir aprendiendo, y que seguir aprendiendo exige mantener viva la actividad investigativa.

En el Día del Profesor, reconocemos a quienes hacen posible esta forma exigente y generosa de vivir la universidad. Porque cuando un profesor investiga, la clase se enriquece; cuando enseña desde su investigación, el conocimiento cobra vida; y cuando ambas tareas se encuentran, la universidad cumple su promesa más profunda: formar personas capaces de comprender, cuestionar y transformar el mundo.

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